Éter

Éter nace en ese territorio impreciso que existe entre las cosas y la mirada que las transforma. Las obras parten todavía de elementos reconocibles —formas orgánicas, objetos, fragmentos de estructuras, volúmenes—, pero poco a poco estos pierden su condición de representación para convertirse en color, materia, ritmo y atmósfera.

La serie podría entenderse como una búsqueda de aquello que permanece cuando la imagen deja de ser completamente identificable. No se trata tanto de abandonar la realidad como de atravesarla: mirar un objeto hasta que deja de ser únicamente ese objeto y comienza a convertirse en otra cosa.

En Éter conviven la construcción y la disolución. Hay formas que parecen surgir, abrirse, plegarse o fragmentarse; campos cromáticos que funcionan casi como espacios; zonas en las que la pintura conserva una cierta corporeidad y otras en las que parece volverse aire. La figuración aparece y desaparece continuamente, como si la imagen estuviera en un estado de transformación permanente.

Pero esa transformación no supone una voluntad de llegar a la abstracción pura. Existe una necesidad de permanecer vinculada a las cosas, de conservar algún anclaje en el mundo. Al mismo tiempo, la representación resulta insuficiente: aquello que se reconoce no constituye el destino de la pintura, sino su punto de partida. La obra se sitúa así en un lugar intermedio, entre el objeto y su recuerdo, entre lo concreto y lo imaginado, entre la forma que reconocemos y aquello que nuestra mirada construye a partir de ella.

En ese desplazamiento, la realidad deja de ser algo que la pintura pretende reproducir para convertirse en una materia que puede ser transformada. La realidad es el punto de partida, no el destino. El objeto se convierte en percepción; la percepción, en pintura; y la pintura, en algo que ya no necesita responder enteramente a aquello de lo que nació.

El título Éter alude precisamente a ese espacio intermedio, a aquello que no podemos tocar ni delimitar pero que parece estar presente. La serie intenta aproximarse a esa zona en la que las formas todavía conservan algo de su origen y, sin embargo, comienzan a desprenderse de él.

Por eso Éter puede leerse como una serie sobre la transformación de la materia en percepción. Una tentativa de atrapar algo que no tiene una forma estable: lo que queda entre la realidad y la experiencia de esa realidad. Una pintura que no busca decidir entre figuración y abstracción, sino permanecer en ese borde fértil en el que una cosa puede seguir siendo reconocible y, al mismo tiempo, convertirse en otra.

Éter 1, 60 x 45 cm
Éter 1 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 2, 60 x 45 cm
Éter 2 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 3, 60 x 45 cm
Éter 3 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 4, 60 x 45 cm
Éter 4 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 5, 60 x 45 cm
Éter 5 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 6, 60 x 45 cm
Éter 6 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 7, 60 x 45 cm
Éter 7 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 8, 60 x 45 cm
Éter 8 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 9, 60 x 45 cm
Éter 9 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 10, 60 x 45 cm
Éter 10 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 11, 60 x 45 cm
Éter 11 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo
Éter 12, 60 x 45 cm
Éter 12 60 x 45 cm, Óleo sobre lienzo

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