Sobre mí
Soy Carmen Morillo y, entre otras cosas, soy pintora.
Pinto porque en mí existe una pulsión, una energía que necesita canalizarse convirtiendo en materia ideas de imágenes, órdenes y estructuras. Es un acto que se retroalimenta: hacer genera más deseo de hacer. La creación no responde a una finalidad utilitaria ni necesita discurrir por cauces convencionales; es una necesidad profunda, el motor que mantiene en equilibrio mi mundo interno.
Mi trabajo surge muchas veces en el ámbito tridimensional, construyendo pequeñas estructuras efímeras con cartón, papel y materiales fungibles. Las modifico, las desplazo y las observo hasta que generan una tensión plástica que me interesa: una relación concreta entre color, volumen, plano, textura y espacio. Estas maquetas no son el objeto final, sino un territorio de experimentación cuyos pesos y equilibrios trasvado después a la pintura.
Parto a menudo de elementos reconocibles, pero la mirada tiende a alejar las formas de su identidad inmediata. Lo figurativo permanece como una puerta de entrada, mientras la percepción se desplaza hacia las relaciones puramente estructurales del conjunto. Me interesa ese lugar intermedio en el que una imagen conserva una memoria reconocible pero comienza a comportarse como un esquema abstracto.
Esta búsqueda se apoya en una relación profundamente física y, a la vez, espiritual con la materia. Concibo la imagen desde un trasfondo simbólico donde lo material y lo invisible conviven. Me atraen los pigmentos por su concentración y plenitud. El formato de las barras de óleo —su forma cilíndrica, su textura grasa, su fragilidad bajo una fina piel seca— produce un placer que pertenece tanto al cuerpo como a la contemplación. En la densidad de la materia prima y en la intensidad del color encuentro una suerte de absoluto: una sensación de abundancia, plenitud y disponibilidad.
Mi trayectoria no se define por una presencia continua en el circuito profesional convencional. Durante años, mi prioridad estuvo volcada en la atención, construcción y sostén de la vida familiar, un compromiso cuyos tiempos eran incompatibles con la proyección exterior de una carrera artística. Lejos de suponer un paréntesis, la práctica permaneció activa en el espacio doméstico con el mismo rigor, perseverancia y validez que cualquier otra investigación. La maternidad no modificó mi manera de mirar, pero aportó un contenido concreto a mi imaginario y me enfrentó a la necesidad de habitar plenamente el presente.
A medida que acumulamos experiencia tendemos a clasificar y a dejar de sorprendernos. Sin embargo, las posibilidades de la percepción no se agotan. Por eso repito: no busco una versión definitiva de una imagen, sino comprobar hasta dónde puede extenderse una experiencia visual. Un mismo motivo o símbolo puede permanecer casi intacto mientras las relaciones que lo constituyen se multiplican.
Crear es mi manera de estar en el mundo: un espacio donde se articulan el pensamiento, la experiencia sensorial y lo trascendente, manteniendo abierta la posibilidad de que aquello que ya conocemos vuelva a revelarse ante nosotros.