
Sobre mí
El trabajo de Carmen Morillo nace de una pulsión, una energía que busca canalizarse en materia: ideas de imágenes, órdenes y estructuras que se convierten en pintura. Es un proceso que se retroalimenta, en el que hacer genera el deseo de seguir haciendo. La creación no responde a una finalidad utilitaria ni a caminos convencionales; es una necesidad profunda que sostiene el equilibrio interno de quien la practica.
Muchas de sus ideas se desarrollan primero en el espacio tridimensional. Construye pequeñas estructuras efímeras con cartón, papel y materiales fungibles, las modifica, las desplaza y las observa hasta que generan una tensión plástica: una relación precisa entre color, volumen, plano, textura y espacio. Estas maquetas no son el objeto final, sino un territorio de experimentación cuyos pesos y equilibrios se trasvasan después a la pintura.
Parte con frecuencia de elementos reconocibles, aunque la mirada tiende a alejar las formas de su identidad inmediata. Lo figurativo permanece como puerta de entrada, mientras la percepción se desplaza hacia las relaciones estructurales del conjunto. Le interesa ese lugar intermedio en el que una imagen conserva una memoria reconocible pero empieza a comportarse como un esquema abstracto.
Esta búsqueda se apoya en una relación física y, a la vez, espiritual con la materia. Concibe la imagen desde un trasfondo simbólico en el que lo material y lo invisible conviven. Le atraen los pigmentos por su concentración y plenitud. El formato de las barras de óleo —su forma cilíndrica, su textura grasa, su fragilidad bajo una fina piel seca— produce un placer que pertenece tanto al cuerpo como a la contemplación. En la densidad de la materia y en la intensidad del color encuentra una suerte de absoluto: una sensación de abundancia y disponibilidad.
Su trayectoria no responde a una presencia continua en el circuito profesional convencional. Durante años, su prioridad fue la atención, construcción y sostén de la vida familiar, un compromiso incompatible con la proyección exterior de una carrera artística. Lejos de ser un paréntesis, la práctica permaneció activa en el espacio doméstico con el mismo rigor y validez que cualquier otra investigación. La maternidad no modificó su manera de mirar, pero aportó contenido a su imaginario y la llevó a habitar plenamente el presente.
Con la experiencia tendemos a clasificar y a dejar de sorprendernos, pero las posibilidades de la percepción no se agotan. Carmen no busca una versión definitiva de una imagen, sino comprobar hasta dónde puede extenderse una experiencia visual. Un mismo motivo o símbolo puede permanecer casi intacto mientras las relaciones que lo constituyen se multiplican.
Para ella, crear es una forma de estar en el mundo: un espacio donde se articulan el pensamiento, la experiencia sensorial y lo trascendente, manteniendo abierta la posibilidad de que aquello que ya conocemos vuelva a revelarse.